Hay cuadernos que se guardan por costumbre. Los compras con la intención de escribir algo importante, y acaban convertidos en papel para hacer la lista de la compra. Durante años, los míos ocuparon una carpeta sin que nadie los abriera, incluida yo.
No era casualidad. Los había escrito en una etapa complicada de mi vida, y durante mucho tiempo asocié esas páginas con la tristeza. Creía que si los volvía a tocar, la tristeza también volvería.
Pero recientemente, sin demasiada ceremonia, los saqué de la su escondrijo. No hubo momento dramático ni música de fondo. Solo curiosidad, y quizá un poco de temor por lo que me iba a encontrar.
Lo que esperaba encontrar
Esperaba encontrarme textos torpes, frases incompletas, ideas que en su momento me parecieron profundas y ahora me parecían ingenuas.
Y sí, eran exactamente eso: imperfectos y a veces melancólicos para mi gusto actual.
Pero también encontré algo que no esperaba.
Lo que encontré realmente
Encontré una versión de mí que escribía desde el fondo. No desde su mente, ni desde su ego. Sino desde un lugar más simple y honesto.
Cada cuaderno era un fragmento de mi historia. No la historia completa, no la versión que cuento cuando estoy en público, sino la versión que solo aparece cuando estás sola con un bolígrafo y sin testigos.
La asociación que rompí
Durante años creí que escribir estaba ligado a los malos momentos. Que solo escribía cuando sufría. Que la escritura era un refugio, no un placer.
De repente me encontré escribiendo desde el corazón, compartiendo alegrías, expresando amor, sin lástima, sin pesar, y me di cuenta de que esos escritos podían ser más buenos que los que escribía desde el dolor.
Lo que hago ahora
Decidí partir de cero, pero esta vez con una regla diferente: no escribo solo cuando duele. Escribo también cuando quiero recordar algo bueno, cuando observo algo que me gusta, cuando necesito ordenar lo que siento sin dramatismo.
Los relatos de juventud siguen en la carpeta. Pero ahora forman parte de mi historia, no los escondo.
Si alguna vez guardaste algo que te daba miedo releer, quizá merezca la pena intentarlo. No por lo que encuentres, sino por lo que dejas de temer.
