Ana C. Iglesias · Blog

Lo que encontré en mis cuadernos

Durante años guardé palabras en cajones. Cuando volví a leerlas, entendí que no eran solo recuerdos: eran el mapa de quien era y de quien quería ser.

Sobre: recuerdos personales, escritura, identidad

Hay cuadernos que se guardan por costumbre. Los compras con la intención de escribir algo importante, y acaban convertidos en papel de embalar para recuerdos. Durante años, los míos ocuparon una estantería sin que nadie los abriera, incluida yo.

No era casualidad. Los había escrito en una etapa complicada de mi vida, y durante mucho tiempo asocié esas páginas con la tristeza. Creía que si los volvía a tocar, la tristeza también volvería.

Pero el año pasado, sin demasiada ceremonia, los saqué de la estantería. No hubo momento dramático ni música de fondo. Solo curiosidad, y quizá un poco de cansancio de fingir que no existían.

Lo que esperaba encontrar

Esperaba encontrarme textos torpes, frases incompletas,ideas que en su momento me parecieron profundas y ahora me parecían ingenuas.

Y las encontré. Eran exactamente eso: imperfectos, a veces melancólicos, a veces demasiado earnest para mi gusto actual.

Pero también encontré algo que no esperaba.

Lo que realmente encontré

Encontré una versión de mí que escribía desde el fondo. No desde la cabeza, no desde el ego, no desde la necesidad de parecer inteligente. Desde un lugar más simple y más honesto.

Cada cuaderno era un fragmento de mi historia. No la historia completa, no la versión que cuento en las cenas, sino la versión que solo aparece cuando estás solo con un bolígrafo y sin testigos.

La associación que rompí

Durante años creí que escribir estaba ligado a los malos momentos. Que solo escribía cuando algo dolía. Que la escritura era un refugio, no un placer.

Releer esos cuadernos me ayudó a entender que no era cierto. También escribí en días buenos. También anoté alegrías. Solo que la tristeza grita más fuerte en el papel, y yo había confundido volumen con frecuencia.

Lo que hago ahora

No dejé de escribir después de releerlos. Empecé de nuevo. Pero esta vez con una regla diferente: no escribo solo cuando duele. Escribo también cuando quiero recordar algo bueno, cuando observo algo que me gusta, cuando necesito ordenar lo que siento sin dramatismo.

Los cuadernos siguen en la estantería. Pero ahora están abiertos.

Si alguna vez guardaste algo que te daba miedo releer, quizá merezca la pena intentarlo. No por lo que encuentres, sino por lo que dejas de temer.